Ñ


Hoy comemos de cuchara, extiende el mantel de hilo. Tú sí que hueles raro. Estoy cocinando un caldo de cultivo con algunas ideas hervidas que se iban a poner malas. Verás qué delicia de sopa de letras, te vas a chupar los dedos. ¿Prefieres alimentarte de melancolía, otra vez? Porque esto es lo único decente que te puedo ofrecer, después del desastre. Entonces, lávate las manos, deja de gruñir y pon la mesa.

Musas


La política me está jodiendo el jardín de musas. Y el crujido de quijadas rígidas elevándose al cielo con resignación, buscando el paraguas de la lluvia, no ayuda a escuchar las voces debilitadas. Por una vez que es el dedo quien allana el terreno al desierto, y tan fácil de ver la excepción en el contraste. Me sobran pozos para resistir aunque el mundo se pare, ese no es el problema, he buscado unas Martens con flores rojas bordadas y puedo cruzar veinte mares de virutas con ellas, pero cuando el acero cubra todas las rendijas, no quedarán caminos por los que regresar siquiera. Se habrán asfixiado y dará igual hacia dónde mirar, no te importarán mis mierdas y a mi tampoco las tuyas.
INFINITO

No creo en el infinito. Sí en la inmensidad. Antes, el mar parecía infinito, pero ya no. En cambio, sigue siendo inmenso. Todo termina en algún punto, hasta las cosas que se transforman, antes fueron otras que acabaron. El infinito es la esperanza. Un símbolo al que agarrarse cuando se desea eternizar el presente por miedo a un todo o nada futuro. Siento un dolor infinito. Pero no, es inmenso. La posibilidad de que aumente, lo congela en infinito unos instantes. El infinito es un comodín. Redondo, claro, como todo. A veces echo mano del comodín del infinito aun no siendo demasiado lista, pero tampoco tan tonta como para creer en dios. Cuando la ciencia encuentre la cola o la cabeza de las últimas inmensidades sin medir, dios dejará de ser un superhéroe y será tan solo una marca con fieles consumidores. Tengo una paciencia infinita. No es verdad. La paciencia inmensa se disfraza de infinita para camuflar la dificultad de decir basta. Basta. Y ya puedo medirla. "Te quiero hasta el infinito y más allá", lo dicen mucho los niños, pero dejarán de decirlo cuando hayan explorado lo suficiente. Siento un amor inmenso y a pesar de su grandeza, cabe en una minúscula gota de basta. Y aunque llueve a mares, no será suficiente. Hace un inmenso calor.

HORMIGAS



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A los doce años, viví durante algún tiempo en un chalet sin terminar. Detrás de un muro, habían abandonado un montículo de arena de esa que se usa para mezclar con cemento. La intemperie endureció la capa superior, haciendo de ella un crocante de tierra y piedras diminutas, muy agradable de pisar.

Cientos de hormigas desfilaban. Aunque ya había vivido en el campo y los bichos no me impresionaban, aquel trasiego de antenas en formación, no era normal. Curiosa y solitaria -pena de criatura- , quise saber, ahondar en ese agujero que tragaba y escupía hormigas sin parar. Comencé, con un palo y muchísimo cuidado, a levantar trocitos de suelo. Enseguida supe que aquello en lo que me adentraba era mucho más y busqué herramientas mejores, para evitar desprendimientos que seguro destruirían todos esos huecos, habitáculos y pasillos. Pero a pesar del sigilo y las precauciones, las hormigas enloquecían y huían desordenadas, perdiendo el invento toda la gracia. Pasado un buen rato, volvían. Tuve que adaptarme y cambiar la estrategia si quería ver cómo construían su vida y claro que quería, habiendo además llegado ya a los huevos y las larvas. Qué lugar tan asquerosamente fascinante.

Sustituí el cielo abierto por un panel y sobre este, un plástico, para protegerlo de las incremencias del tiempo y de mis hermanos. Así, subía al montículo, levantaba despacio el techo artificial, las observaba largo tiempo y cuando me cansaba de tanto orden y tranquilidad, interactuaba un poco con ellas con un palito fino o unas migas de pan, volvía a cubrir el hormiguero y me iba, hasta el dia siguiente. Luego me picó una abeja reina en la mano, dolía, se me hinchó, me pusieron barro, tuve fiebre, abandoné el hormiguero.

Se me ocurre que quizá Iluminada, la hormiga que veía a la Virgen a través de sus gafas mágicas, nació en aquel montón de arena, muchos años antes de lo que yo creía. O que los niños de aquel sueño con lobos feroces, desafiaban al miedo para ir a jugar con la arena porque conocían el secreto que yo había olvidado. La humanidad entera actúa de forma muy parecida a aquellas hormigas desquiciadas y anuladas ante semejante violación. Volvería a hacerlo? No. Pero porque ya lo hice antes. Me aburriría. Qué poco he cambiado. Soy un círculo. Tú también. Y el amor, que se me está haciendo bola.


Un dibujo.
No.
Porque no.
Que no.
Porque es un secreto.
A nadie, a ti tampoco.
Sí te quiero mucho, lloras de mentira.
No lo he terminado.
A ver el tuyo.
No tienes ninguno.
Pues enséñamelo.
No tienes.
No.
Porque es un secreto, mamá.
No puedes decírselo a nadie.
Dí "lo prometo".
Has cruzado los dedos.
A ver.
Al conejo, tampoco.
Ni al perrito.
A nadie.
Vale.


BOCADITOS DE MIERDA

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En Grecia en España
en Italia en Portugal
en el mundo en general

para llenar la nevera
ya no llega la cartera
tras la inflación del buñuelo
letra pequeña en inglés
de alto interés
se atornilla al subsuelo
el gran producto señuelo
de sabor exponencial
sin respuesta sindical
escoltado por los geos
en su máximo apojeo

bocadito de obispo
bocadito de res brava
bocadito de fascista
bocadito de fantasma
bocadito de político


saladitos de mierda
saladitos de mierda
saladitos de mierda

y pelotas de goma
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NCSDDS

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No pertenecer a nada ni a nadie, como una necesidad vital.
Necesitar otras almas para cubrir otro buen puñado de necesidades.
Torear la necesidad de otros de enjaular los momentos.
Silencio experimentado para quien necesita entender.
Infringir odio en la necesaria huída en lugar de dolor.

Asciende las paredes del infierno y consigue la exclusiva luz clarividente de lo efímero al módico precio de una soledad lunática y sin embargo alegre.
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Desde hace unos días, hay un fantasma en mi cuarto que apesta a pachuli. Por eso sé que está, me despierta el olor. Tan dulce e intenso que se pega al paladar y me provoca náuseas. Me abraza por detrás, tengo la espalda, el culo y la cintura ardiendo. Duermo muy mal con ese olor a putero rural después de una feria. Por una vez que no tenía insomnio. Es un fantasma masculino y sé de donde viene. Lo trajo mi hermana desde Tánger, subido a su sombra. Ella se ríe. La que cada amanecer es despertada por un pajarito enamorado que golpea fuerte con el pico en su ventana y le persigue saltando de cristal en cristal para seguir mirándola, hasta que sale de casa. Pensando en el tiempo que lleva visitándola, diría que es el amor de su vida. Porque el amor es efímero, menos para los pajaritos y los fantasmas.


Una revolución sin poesía de tripas notas y color, no es más que una fotocopia de panfleto, un cacareo, las bragas para ir al médico.